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Uniformemente Tóxica

Por Javier Sierra

laundry workersRobert Ramírez es víctima del viejo adagio de que el pez grande se come al chico. Es víctima de lo que según algunos, son favores políticos que ponen en peligro la seguridad y la salud de trabajadores como él.

Ramírez trabajó 11 años en Cintas, la mayor corporación del país de alquiler de uniformes y otros tejidos, recolectando y procesando paños industriales empapados con sustancias tóxicas, algunas de ellas cancerígenas. Ramírez manejaba un camión en Las Vegas, NV, recolectando los paños sucios utilizados para limpiar equipo industrial en simples bolsas de basura de plástico y transportándolos a una lavandería. A menudo las bolsas se rompían, dejando escapar los paños y los gases tóxicos.

Una vez que descargaba las bolsas a mano, otros trabajadores, procesaban los paños, también a mano, y los introducían en máquinas lavadoras. A veces, el único equipo protector que Cintas ofrecía a sus empleados era un par de guantes de goma para manipular paños empapados con disolventes como benceno, xyleno y tolueno, conocidos causantes de cáncer y otras graves enfermedades.

"Manejábamos cosas muy terribles", recuerda Ramírez. "No sabíamos lo que en realidad eran. Pero después de pasar hasta nueve horas diarias en ese camión, creía que estaba drogado por los disolventes".

No obstante, agrega que después de todo era más afortunado que otros compañeros.

"Había trabajadores que entraban en laboratorios a recolectar jeringuillas y desechos biotóxicos sin ningún equipo ni entrenamiento especial. Era temerario", recuerda Ramírez.

En verano, los paños procedentes de cocinas industriales a menudo llegaban a la lavandería llenos de gusanos.

"Los restaurantes eran de lo peor. Nunca comeré en uno de esos lugares. El olor era tan asqueroso que un par de veces estuve cerca de vomitar", dice Ramírez, quien fue despedido de Cintas como supervisor y ahora ha demandado a la compañía por discriminación.

Cada año, lavanderías industriales como Cintas manipulan 3,000 millones de toallas empapadas de 100,000 toneladas de peligrosos disolventes tóxicos. La Agencia de Protección Medioambiental (EPA), en un documento enviado a esta industria en 2000, explicó que estos materiales deben regularse como desechos peligrosos porque pueden causar incendios, emitir gases peligrosos y contaminar las fuentes de agua subterránea.

Por ejemplo, Cintas ha violado repetidamente sus permisos de aguas residuales con disolventes tóxicos y otros contaminantes en muchas de sus lavanderías por todo el país. Según archivos públicos, 65 instalaciones de esta corporación que genera $2,700 millones en ingresos anuales han excedido límites de contaminación en más de 1,100 ocasiones en los últimos años.

¿Cómo es posible que una industria con tanta ropa sucia, que permite que sus trabajadores sean expuestos a venenos altamente tóxicos, se salga con la suya?

Desde 1997, las lavanderías industriales han combatido fieramente la imposición de regulaciones que protegerían mejor a los trabajadores y al medio ambiente. Calificando estas iniciativas de "opiniones extremistas de la EPA" y de "exceso regulador", la industria lanzó una campaña de cabildeo e influencias de $1.2 millones que culminó con la llegada de la administración Bush al poder.

Además, Richard T. Farmer --el presidente de Cintas, y uno de los hombres más ricos del país-- y su esposa han donado casi $3 millones a la Campaña de Bush y otros políticos republicanos desde 1989 a 2002. Farmer recaudó más de $100,000 para Bush en la campaña de 2000.

Las contribuciones y los esfuerzos de Farmer y el resto de su industria aparentemente dieron su fruto en noviembre, cuando la EPA propuso una regulación menos restrictiva cuyo borrador fue antes entregado a los cabilderos del sector para su aprobación. Los cambios de la industria fueron adoptados por la agencia. En cambio, a los trabajadores que manipulan las toallas tóxicas se les negó la misma oportunidad de revisar los documentos que la EPA entregó a los representantes de esta industria. El resultado fue una propuesta de la EPA que excluye a los paños industriales contaminados de cumplir los requisitos federales de desechos peligrosos, lo cual pone a los trabajadores y al medio ambiente en peligro.

"Creo que criminal el fracaso de la EPA de proteger a los trabajadores de ser expuestos a productos tóxicos", dice Ramírez. "Es una manera silenciosa de matar a los trabajadores".

Hay mejores opciones. Sindicatos como UNITE HERE y grupos medioambientales han instado a la administración Bush a que adopte normas eficaces que ofrezcan protecciones reales a los trabajadores y al medio ambiente.

Mientras tanto, personas como Ramírez siguen a merced de una industria uniformemente tóxic

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. El Sierra Club es la mayor y más antigua organización de base medioambiental en Estados Unidos.


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Uniformly Toxic
By Javier Sierra

laundry workersRobert Ramírez is but one more victim of what some say are political favors that put the health and safety of workers like him at risk.

Ramírez worked for 11 years at Cintas, the country's largest uniform company. Cintas collects and processes towels soaked with toxic substances, including cancer-causing substances. Robert drove a truck in Las Vegas, NV, collecting in simple, plastic trash bags the dirty towels that were used to clean industrial equipment, and taking them to a laundry facility. Often the bags would break, releasing the towels and their toxic substances.

Once he'd unloaded the bags by hand, other workers would put the towels in washing machines also by hand. Sometimes, the only protective equipment Cintas offered its employees were rubber gloves to handle towels soaked in solvents like benzene, xylene and toluene, all known to cause cancer or other serious diseases.

"We had to handle very nasty things," Ramírez remembers. "We didn't know what was there. But after spending up to nine hours a day in that truck, I felt like I was high because of the solvent."

But Robert still thinks he was luckier than other co-workers.

"There were workers who would enter labs to collect syringes and biohazard waste without any protective equipment or special training. It was reckless," he says.

In summer time, towels coming from industrial kitchens would arrive to the laundry facilities full of maggots.

"The restaurant accounts were some of the worst. You would never eat at any of those places again. The smell was sickening. A couple of times I almost had to head for the bushes to throw up," says Ramírez, who was fired as a Cintas supervisor and now has filed a discrimination suit against the corporation.

Each year, industrial laundries like Cintas handle 3 billion towels soaked with 100,000 tons of hazardous solvents. The EPA, in a document sent to industry members in 2000, explained that these materials had to be regulated as toxic waste because they can start fires, release dangerous fumes and pollute ground water.

For example, Cintas has repeatedly violated its wastewater permits for toxic solvents and other contaminants in many of its laundries around the nation. According to public records, 65 facilities of this $2.7 billion corporation have exceeded pollution limits more than 1,100 times in recent years.

How is it possible that an industry with so much dirty laundry, that permits workers to be exposes to highly toxic chemicals, gets away with these violations?

Since 1997, the industrial laundry industry has fiercely fought the creation of regulations that would provide stronger protection for workers and the environment. The laundry industry launched a $1.2 million lobbying campaign that peaked with the arrival of the Bush administration to power, calling these rules that would protect communities and workers "an extremist view in the EPA" and "overregulation."

In addition, Richard T. Farmer -the chairman of Cintas and one of the country's richest men - and his wife have donated nearly $3 million to the Bush Campaign and other Republican politicians between 1989 and 2002. In the 2000 campaign, Farmer raised more than $100,000 for Bush.

The industrial laundry industry's lobbying efforts and campaign contributions appeared to bear fruit in November, when the EPA proposed a more lax regulation after sharing an advance copy of it with industry lobbyist, whose edits were adopted by the agency. By contrast, workers who handle the towels did not get the same chance to review the document that the EPA gave to the laundry industry. The outcome was an EPA proposal that excludes industrial laundries from federal hazardous and solid waste requirements for shop towels contaminated with toxic chemicals - leaving workers and the environment at risk.

"I think that the EPA failure protect workers from exposure to toxics is criminal. It's a silent way of killing workers."

There is a better way. Environmental groups and the labor union UNITE HERE are urging the Bush administration to adopt strong regulations that provide real protection to workers and the environment

In the meantime, people like Robert will continue to be at the mercy of a uniformly toxic industry.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist. The Sierra Club is America's oldest, largest and most influential grassroots environmental organization.

Photo courtesy Gary Schoichet; used with permission.


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