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Un Trabajo Matador

Por Javier Sierra

Si usted ha entrado alguna vez en un matadero comprenderá que el nombre es también una advertencia, porque a uno también se le muere un poco el alma al ver semejante espectáculo. Las condiciones que reinan en demasiadas de estas cámaras de los horrores son una vergüenza nacional.

Y no hablo sólo del trato que reciben los animales. Esta industria con frecuencia trata a sus trabajadores incluso peor. Y es que cuando hablamos de proteger la integridad de los empleados de los mataderos, la situación literalmente se convierte en una carnicería. Esta industria genera más accidentes laborales que cualquier otra y posee una de las reputaciones medioambientales más devastadoras en Estados Unidos.

¿Y por qué debería fijarse en esta escandalosa situación? Decencia humana por un lado y, por otro, resulta que el 65% de los trabajadores de la industria de la carne es hispano. Un típico ejemplo es Elena Cardona, una inmigrante indocumentada, cuyo nombre verdadero mantendré secreto por razones obvias. Su asombrosa odisea comenzó hace cuatro años en Honduras, desde donde caminó o viajó en autobús hasta llegar a la frontera de Estados Unidos cinco meses después.

"Dejé a mis cinco hijos con mi madre y me vine para darles un futuro", dice Elena.

El futuro empezó en Tar Heel, Carolina del Norte, en un matadero de puercos de la empresa Smithfield Foods. Allá también empezó su infierno.

"Trabajaba al menos 10 horas todos los días, hasta la madrugada. Sólo te dan tres minutos para ir al baño y apenas 10 para comer. Y trabajaba en un puesto que era para hombres no para una mujer", recuerda Elena. "Nos pagaban $10.30 la hora, pero se aprovechaban de que no teníamos papeles, y siempre nos hacían trampa. A veces nos pagaban sólo la mitad".

"Una vez me enfermé con neumonía y nunca me dejaron ir a la clínica. Fue horrible. Nos trataban peor que a los marranos", dice.

Elena trabajó en el matadero 20 meses, hasta enero de este año, cuando se lastimó un brazo al levantar una carga demasiado pesada. Su capataz le dijo que no volviera hasta que se curara. Casi un año después, sigue "inservible", viviendo de la ayuda de compañeros de trabajo con la solidaridad del sindicato (unión) United Food and Commercial Workers International Union (UFCW). Elena, como miles de trabajadores indocumentados en esta industria, es un recurso desechable.

Estas deplorables condiciones causan que las renuncias y los despidos sean muy elevados y que los trabajadores experimentados escaseen. Sólo después de 180 días recibe un empleado seguro médico. El miedo a represalias laborales o a ser denunciado a la "migra" impone la ley del silencio y la impunidad.

Pero este sector no sólo juega sucio con sus empleados. Cada año, los criaderos industriales de reses, cerdos y pollos generan 130 millones de toneladas de estiércol y orina, equivalente, en algunas factorías, a los desechos producidos por una gran ciudad. La diferencia es que los criaderos no los procesan, y contaminan la tierra, el agua y el aire.

El gobierno ha documentado casos de trabajadores agrícolas que murieron de asfixia al acercarse a estanques de almacenamiento de estiércol. En varias ocasiones, escapes de materia fecal licuada a ríos han causado la muerte de millones de peces. Miles de hectáreas de terrenos se riegan cada año con estiércol y orina para facilitar la evaporación, convirtiéndolos en hediondos basurales tóxicos.

Las denuncias y las multas llueven sobre esta industria. Un estudio del Sierra Club concluyó que unas 50 corporaciones fueron objeto de más de 60 acusaciones criminales, sentencias u otros procesos judiciales en los últimos años. Los crímenes incluyeron soborno, fraude y distribución de carne contaminada.

Esta situación parece irreconciliable, pero se puede mejorar. Según funcionarios del sindicato, UFCW está trabajando para mejorar los salarios y las condiciones laborales en los mataderos. Y pese a que en muchos casos las compañías tratan de impedir la formación de sindicatos, UFCW responde que los trabajadores deben tener al menos el derecho a celebrar elecciones libres y justas para decidir sobre este tema.

Por otro lado, como consumidores todos podemos combatir la degradación medioambiental del industrialismo ganadero. Compre carne producida por firmas pequeñas o granjas familiares que sigan prácticas orgánicas, las cuales evitan el hacinamiento, el uso masivo de antibióticos y otras prácticas abusivas que a todos nos perjudican.

En este mes en el que se conmemoran los derechos humanos, recuerde la odisea de Elena Cardona, su sacrificio, su coraje. No hay derecho a que sea tratada como un animal.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. El Sierra Club es la mayor y más antigua organización de base medioambiental en Estados Unidos.


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A Deadly Job
By Javier Sierra

If you have ever been in a slaughterhouse, you will understand that the name is also a warning, that with such a spectacle a little of our human spirit also dies. The conditions in too many of these chambers of horrors are a national disgrace.

And I am not only talking about the treatment the animals receive. This industry often treats its workers even worse. The carnage that slaughterhouse employees face is reprehensible. These facilities generate more injuries than any other industry and boast one of the most devastating environmental reputations in the United States.

And why should you pay attention to this scandalous situation? Human decency, on the one hand, and on the other, because 65% of this industry's workers are Hispanic. A typical example is Elena Cardona, an undocumented worker, whose real name I will keep secret for obvious reasons. Her amazing odyssey started four years ago in Honduras. She walked and hitched rides to get to the US border, where she arrived five months later.

"I left my five children with my mother in Honduras and came here to give them a future," she says.

That future began in Tar Heel, North Carolina, at a hog slaughterhouse belonging to Smithfield Foods. Her hell also started there.

"I used to work at least 10 hours a day, into the early morning hours. They give you only three minutes to go to the bathroom and hardly 10 to eat. And I used to work at a station for men not for a woman like me," Elena remembers. "They used to pay us $10.30 an hour, but they used to take advantage of us because we did not have work permits, and they always cheated us. Sometimes they used to pay us half of our wage."

"Once I got sick with pneumonia and they never allowed me to go to the clinic. It was horrible. They would treat us worse than hogs," she says.

Elena worked at the slaughterhouse for 20 months, until January of this year, when she injured her arm trying to lift a load too heavy for her. Her foreman told her not to come back until her armed was healed. Almost a year later, she is still "useless," living off the help of co-workers with the solidarity of the United Food and Commercial Workers International Union (UFCW). Elena, like thousands of undocumented workers in this industry, is a disposable resource.

These deplorable conditions cause an extremely high turnover rate, making experienced workers very rare. Only after 180 days on the job do employees get health insurance. Fear of management reprisals or of being turned over to the INS imposes a silence code and fosters impunity.

But this industry not only plays dirty with its employees. Every year, industrial animal farms generate 130 million tons of manure, the equivalent at some facilities to the waste produced by a large city. The difference is these plants do not process their waste, polluting the soil, water and air.

The government has documented cases where fumes have asphyxiated and killed farm workers after they entered pits used to store manure. In several instances, leakages of liquefied fecal mater to rivers and streams have killed millions of fish. Thousands of acres are sprayed every year with animal waste in order to foster evaporation, turning them into fetid, toxic dumps.

Criminal counts and fines plague this industry. A Sierra Club study concluded that approximately 50 corporations racked up more than 60 indictments, convictions or pleas in recent years. The counts included bribes, fraud, destroying records, animal cruelty and distribution of tainted meat.

The situation sounds irreconcilable, but there are solutions. We can do better. According to union executives, the UFCW is working to improve wages and working conditions in slaughterhouses. But in many cases the industry tries to prevent employees for forming or joining unions. The UFCW counters that workers should at least have free and fair elections to decide if they want a union.

In addition, as consumers we all can fight the environmental degradation caused by industrial animal farms. Buy meat produced by small firms or family farms that follow organic practices, which avoid cramped conditions, massive use of antibiotics and other abusive procedures that harm us all.

December is Human Rights Month. It's a good time to remember Elena Cardona's odyssey, her sacrifice, her courage. It is an outrage that she is treated like an animal.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist. The Sierra Club is America's oldest, largest and most influential grassroots environmental organization.


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